viernes, 9 de octubre de 2009

La desconexión con la realidad


La internación no sólo tiene fines de aislamiento.
Consigue desconectar a la persona de la realidad, del afuera. No saber qué está pasando detrás de los muros.
Sólo llega lo trivial, lo banal, lo menos importante: partidos de fútbol, los Simpson, los Tinelli, los dibujos animados.
Si se da información a través de un diario o revista, es ya cerrada. No a la participación individual o grupal, los internos son meros espectadores pasivos.
¿Qué querrán? Participar.
¿Cómo? Entrando en Internet, por ejemplo buscando el tema que a uno le interesa particularmente. Para interesarse y desarrollarlo.
Romper con el formato cerrado. Cerrado igual encerrado.
Participar en los talleres del FAB es también romper el aislamiento.
Uno se conecta con los otros. Comienza la ruptura del circo.
La salida de los talleristas es el boquete que lleva al exterior. Ya se ve la luz se ilumina la oscuridad. Todo esto ahora más claro.
Se visualiza el afuera tal como es y uno lo ve, los de afuera también nos ven. Los muros se caen.


Daniel

Un hombre cualquiera



Un hombre camina por la calle, no se le conoce su nombre ni su edad las personas le circulan al costado, pero el no las mira. Su caminar parece que no tiene ningún destino. Sus prendas no están sucias, pero se lo nota desarreglado. Su caminar es rápido.
El es un hombre que trabaja juntando cartones de la calle para vender. Su lugar de trabajo en la zona de once, aunque se lo vio una vez por Belgrano.
Su familia lo espera todos los días a las 22:00 para comer la cena junto a él, pero no siempre llega a tiempo.
Tiene las manos lastimadas, pero no parece que le moleste.
El no es feliz con su trabajo, pero acepta que es lo único que puede hacer, busca trabajo pero siempre lo rechazan.
Su padre era albañil pero luego de un accidente debió dejar su trabajo y su situación cómo nunca entro en una decadencia de la que nunca pudo salir.


Mariela

miércoles, 7 de octubre de 2009

Triste entorno


Es en plaza Constitución, lugar de trajinados tránsitos, cada uno a su ocupación.
Aportados y observando imposibles el deambular presuroso están unos grupos de personas.
Su aspecto astroso los caracteriza.
Visten arrapiezos y lucen desaseados.
De verbo baladí, su discurso es de pocas luces, relativo siempre a cosas emotivas.
Simples linyeras, gente desplazada, no integrados en sociedad.
Fueron desplazados y marginados.
Unos mendigan, otros merodean por la Iglesia en espera de caridad.
Otros más jóvenes y osados, delinquen. La presión de las necesidades los obliga.
El arrebato y el tráfico de drogas, es corriente.
Tienen por techo las estrellas, sino el calabazo, configuran una reserva de mano de obra no especializada.
Son los últimos en conseguir trabajo y los primeros en perderlo.


La polilla intelectual

El linyera de Villa Luro


Carlitos caminaba bajo el sol de la primavera, cómo así también bajo las noches colmadas de estrellas.
Pero cuando en el barrio todo se comienza a apagar, todos se iban y el se quedaba solo.
Tantas veces que te vimos aquí y allá, eras de todos lados y de ninguno.
Carlitos “el linyera”, le decían, hace años que ya no nos acompaña, pero cada tanto alguien lo recuerda.
Un sobretodo largo y negro hasta sus pies, aroma a cigarros y vinos, simpatía y ojos tristes.


Cecilia

El viejo matías


Todos lo tenían visto, cientos de personas que subían al tren a la mañana, apresurados para llegar a sus trabajos también a la tarde e incluso sábados y domingos, todos sabían que él estaba ahí.
Pero apenas le dedicaban una mirada lejana, más preocupada por sus relojes o el horario del tren. Él se había acomodado en un costado del terraplén, con varios diarios apilados, que en las noches frías le servían de abrigo; vestía desde hace varios años ese uniforme gris como tenía ahora su larga barba y cabellera.
Nadie sabía que se llamaba Matías, que había tenido problemas laborales hace ya muchos años y sus mejores amigos le dieron la espalda. Que era un excelente contador de chistes. Chistes que aún recitaba en voz alta y aquellos que estaban más cerca no podían evitar que sonrisa se dibujase en sus labios antes de subir al tren y sumergirse en sus obligaciones…


José

Su techo


Cada día cuando cae el sol se observa como él se va acercando a la Iglesia. Sin mucho hablar, espera que termine la última misa, que se cierren las puertas de la Iglesia para descansar bajo el techo de la galería ocupa solo un rincón, en invierno se tapa bien, tanto que se lo reconoce por su manta al ver su manta y ya conociéndola uno sabe que es él.
Es un hombre de pocas palabras, sólo se sabe que se llama José, que hace muchos años se quedo sin casa.
José tiene pelo negro y sus ojos son de color marrón, su piel muestra un pasar de años, sus manos están sucias, muy sucias, tanto que parecerían ser una María de los años leve llovía trasladando sus pocas cosas apoyándolas sobre el suelo sucio de la galería.
Se escuchan voces hablando de José, de cómo había sido su vida antes de comenzar a verlo viviendo en la galería de la Iglesia.
Lo que no se escucha es que, seguramente, perdió su trabajo y su casa y que por eso se refugia ahí.
Día a día, muchas personas que lo ven a José hablan de el pero no con él y, es en silencio cómo José, en casa atardecer, acomoda sus cosas se recuesta y se tapa con su manta para descansar bajo su techo.


Mariana

La dama del atardecer


Ella vuelve siempre sobre sus pasos, aproximadamente a la misma hora todas las tardes. Con su típico sombrero blanco huele las flores de la primavera, o lamenta la caída de las hojas de los árboles en otoño.
Permanece un rato sentada, como esperando un amor que nunca llegó, siempre en silencio. Luego, se acomoda el vestido de turno y emprende su camino de retirada hacia al oeste, saliendo del parque.
No sé porqué, cuando a veces, tímidamente, me aproximo a observarla, de lejos, algunas tardes, hay algo de poesía en sus ojos. Es más, me atrevería a decir que hay algo de poesía en su accionar cotidiano.
Dios sabe bien el porqué, tal vez de las razones del mismo.
Buenos Aires, esa ingrata, tal vez la recordaría, o tal vez no. No lo sabemos.
Lo cierto es que aquella dama permanecerá en el recuerdo de la que alguna vez la asustaron.


Carlos